Nos encontramos en un pequeño taller en la comuna de Couffouleux, en el departamento del Tarn, al sur de Francia. Aquí, el olor de la cera caliente se mezcla con el aceite de oliva y la arcilla húmeda.
Todo comienza con un gesto sencillo: las manos.
Manos que mezclan, que amasan, que esperan. Manos que recuerdan.
Estoy junto a Olivia, creadora de ZITOUN Cosmética Natural.
En su trabajo, la cosmética no es solo un oficio: es una continuidad de gestos heredados, una forma de vínculo con lo que la precede.
Y ese vínculo ya está inscrito en el nombre.
Zitoun condensa una geografía íntima hecha de familia, territorio y materia.
Un hilo que une la memoria con el presente, el cuerpo con el paisaje, lo vivido con lo que aún se transforma.
¿Cómo empezó todo?
Olivia:
Mi primer recuerdo está ligado a mi abuela materna. Me dio un consejo de belleza muy simple: ponerse agua muy fría en la cara, y quizá una crema suave por la mañana. Era algo sencillo, pero muy auténtico.
Por otro lado, mi abuela paterna, que fue casi como una madre para mí, utilizaba aceite de oliva en la cara y en el cuerpo. Esos gestos tan naturales me marcaron profundamente desde pequeña.
De alguna manera, crear cosmética natural es una forma de honrar a mi familia, de mantener vivas esas prácticas simples y accesibles. Es volver a algo esencial, especialmente para quienes no tienen muchos recursos, donde lo natural surge casi de forma evidente.
¿Qué te llevó a alejarte de la cosmética industrial?
Olivia:
El momento clave llegó durante mi embarazo, aunque en realidad este proceso empezó mucho antes, cuando tenía unos 25 años, junto a mi compañero, a través de la alimentación.
Recuerdo un día en el supermercado: ver frutas y verduras envueltas en plástico, la carne… Fue un choque. A partir de ahí decidí dejar de consumir de esa manera y empecé a leer etiquetas, a entender qué contienen los productos que utilizamos, tanto en la comida como en la piel.
Eso me dio una sensación de empoderamiento: tomar conciencia de lo que pongo en mi cuerpo y en mi entorno.
El embarazo intensificó todo. Tener un ser vivo dentro de ti implica una responsabilidad enorme. Empecé a cuestionarlo todo: la ropa, la alimentación, la cosmética. Fue una verdadera toma de conciencia.
Es un camino que se ha construido durante más de veinte años.
¿Quién fue la primera persona que utilizó tus productos?
Olivia:
Los primeros en probar mis productos fuimos mi compañero y yo. Después, durante un año entero, antes de comercializarlos, los compartí con unas cien personas entre familiares, amigos… Quería recoger sus opiniones.
Hubo algunas reacciones interesantes. A ciertas personas no les gustaba tener que calentar el producto con las manos antes de usarlo, o echaban de menos un perfume.
Pero eso forma parte de mi ética: mis productos son lo más puros posible. El aroma que tienen es el de la cera, el aceite… nada añadido.
También recibí comentarios muy positivos. Muchas personas notaron cambios después de un mes de uso. Pero es importante tener paciencia: el cuerpo necesita un tiempo de adaptación, una especie de “desintoxicación” de todo lo anterior.
Para mí, esto va más allá de un producto: es una higiene de vida. Requiere compromiso, constancia, beber agua… Es un enfoque global.
La piel como territorio.
¿Cómo describirías tu trabajo sin usar las palabras “cosmética” o “natural”? ¿Y cuáles son las materias primas esenciales en tus productos?
Olivia:
En tres palabras: Simplicidad, sobriedad, agricultura.
Trabajo directamente con la tierra y sus procesos: la cera, el aceite, la arcilla… Todo mi proyecto depende completamente de la naturaleza, del sol, de la lluvia, de la salud de los suelos y de las abejas. También hablaría de adaptación, honestidad y respeto por el medioambiente.
En ese sentido, no podría separar mi trabajo de sus materias primas. El aceite de oliva es fundamental. He trabajado con productores locales, por ejemplo en Cordes-sur-Ciel, y actualmente también con Casa Pareja que trae aceite desde Murcia, en España.
A esto se suma la cera de abeja, la arcilla y otros ingredientes simples, pero de una gran calidad. No se trata de acumular elementos, sino de volver a lo esencial y trabajar con lo que realmente tiene sentido en el territorio.
¿Qué te gustaría que la gente supiera sobre la cosmética artesanal?
Olivia:
El principal problema es la desinformación. Muchas personas no tienen el tiempo, la curiosidad o los medios para investigar lo que consumen.
En cosmética, por ejemplo, no es obligatorio traducir los ingredientes del latín, lo que dificulta su comprensión. Y cuando un producto tiene una lista muy larga de componentes, suele indicar la presencia de muchos aditivos sintéticos.
El marketing juega un papel muy fuerte y puede generar confusión.
Yo no soy química, pero sé que ingredientes simples como la arcilla o el aceite pueden cuidar la piel de forma efectiva. Muchas personas llegan a mis productos precisamente por esa búsqueda de simplicidad.
¿Qué es lo que más te conecta con tu trabajo?
Olivia:
La cera me fascina por su complejidad, por cómo cambia con el calor.
El aceite tiene un valor muy emocional para mí, porque me conecta directamente con mi abuela.
Y la arcilla… trabajarla con las manos, mezclarla, sentir su textura… es algo profundamente sensorial, casi meditativo. Es un momento de desconexión total.
Al final, mis manos son mi herramienta principal. Son las que me permiten entrar en contacto directo con la materia.
¿Cómo preparas tu proceso de creación?
Olivia:
Antes de empezar, necesito cuidarme: hacer deporte, bailar, ver a mis amigos. Es importante para mí mantener un equilibrio.
También me gusta recordar que el cuidado empieza por uno mismo. Muchas personas me dicen que usar mis productos se convierte en un momento para ellas, un espacio de pausa, y eso me motiva mucho.
En el taller, el proceso comienza de forma muy exigente: la limpieza es fundamental. Es una base imprescindible.
Pero después, todo cambia. Cuando empiezo a trabajar con los materiales, las texturas y los aromas naturales me transportan directamente a la tierra.
Lo más fuerte para mí es el olor y el tacto.
¿Cómo dialogan tus productos con el entorno?
Olivia:
Desde el principio, tuve claro que quería trabajar con plantas locales, hacer maceraciones de flores que pertenecieran realmente a este territorio.
Mi enfoque siempre ha sido partir de lo que existe aquí, de lo que la tierra ofrece de forma natural. No se trata solo de elegir ingredientes, sino de respetar sus ritmos, sus propiedades y la lógica del entorno en el que nacen.
Mis productos son, en ese sentido, una prolongación del paisaje: reflejan el lugar donde se crean y la relación que mantengo con él.
Hay también decisiones que definen profundamente ese vínculo. Una de ellas es no añadir perfumes. Los perfumes, especialmente aquellos que contienen alcohol, pueden dañar la piel y también el entorno. Creo que tenemos un “capital dérmico” que debemos preservar, y por eso prefiero ser radical en este punto.
Lo que busco no es seducir desde lo artificial, sino desde lo esencial. Por eso también es importante entender que, al comenzar a usar mis productos, el cuerpo necesita un tiempo de adaptación. Muchas veces, la piel pasa por una fase de “desintoxicación”, liberándose de los residuos de productos anteriores más químicos.
Es un proceso que requiere paciencia y constancia, pero que forma parte de una higiene de vida más amplia.
Mi deseo es que quien utilice mis productos sienta placer, suavidad, bienestar. Que el cuerpo respire, que se aliviane, que se libere poco a poco de lo acumulado.
Al final, se trata de volver a sentir, de reconectar con algo simple y profundo a la vez.
La otra cara de la artesanía
Pero no todo es contemplación.
Ser artesana implica una exigencia constante: producir, vender, comunicar, gestionar. Sostener un proyecto con el cuerpo entero.
Es un trabajo físico, pero también emocional. Y, como muchas personas en el mundo artesanal, ha tenido que enfrentarse a una realidad estructural: la inestabilidad. Las crisis económicas, el impacto del COVID y la caída del poder adquisitivo han golpeado directamente a este sector. En muchos casos, incluso obligando a compatibilizar el oficio con un segundo trabajo para poder sostenerlo.
Aun así, hay una línea que no cambia. No multiplicar productos por estrategia comercial. No responder a la lógica del marketing que fragmenta necesidades en infinitas variaciones. Mantener una coherencia, incluso cuando eso va en contra de la rentabilidad.
“Mi fuerza es la integridad.” dice Olivia.
Los desafíos del oficio:
Olivia:
Uno de mis mayores desafíos durante estos últimos cinco años ha sido ese sube y baja constante. Esa inestabilidad que no solo afecta al trabajo, sino que también te transforma a ti como persona.
Los desafíos te hacen cambiar, adaptarte. Pero al mismo tiempo, me he preguntado muchas veces qué es lo que me ha permitido seguir aquí, en el mismo proyecto durante tanto tiempo, a pesar de estas variaciones en el consumo y en la actividad.
El mundo artesanal es un camino muy difícil. Lo veo en mí, pero también en muchos amigos que trabajan en cerámica, en arte, en joyería… en todos los oficios manuales.
No es un trabajo intelectual, es un trabajo del cuerpo. Es el cuerpo el que transforma la materia para crear un producto. Y eso implica muchas competencias a la vez: la fuerza física para producir, pero también la gestión, la comunicación, las ventas, la contabilidad… Encontrar una forma de mantener una actividad sana en el tiempo.
Y es difícil sostenerlo, porque además hay mucha competencia. Hay empresas o marcas que invierten mucho en comunicación para hacerse visibles, para que el producto exista en el mercado. Entonces hay que encontrar un equilibrio entre lo que el público espera y lo que uno quiere mantener como coherencia.
Para mí, la integridad es lo más importante.
No tengo interés en multiplicar productos sin sentido. Por ejemplo, hay champús para bebés, para adultos, para canas, para todo… pero al final siento que eso responde más al marketing que a una necesidad real.
Yo no quiero hacer cien champús. Prefiero mantener una sola línea que tenga sentido, que sea coherente, y que responda a lo que realmente creo.
¿Alguna vez pensaste en dejarlo?
Olivia:
Sí, hubo momentos en los que pensé en dejarlo, sobre todo en contextos difíciles como el poder adquisitivo ha bajado, muchas tiendas han cerrado. Hoy en día, muchos artesanos necesitan un segundo trabajo para poder mantenerse.
Es una realidad dura, porque el trabajo artesanal depende directamente del consumo, y cuando el consumo se debilita, todo el sistema se vuelve frágil.
Pero yo sigo adelante gracias a los retornos positivos de las personas que usan mis productos. Eso me sostiene. Los mensajes, las experiencias, los resultados… son los que me hacen continuar.
¿Qué te gustaría compartir como último consejo sobre la forma de trabajar y de vivir?
Olivia:
Si tuviera que dar un consejo a alguien que quiere trabajar de forma más consciente, diría primero que es fundamental conocer su territorio, investigar y tener una visión clara de lo que quiere hacer. Después, ser simple, ser honesto y actuar con respeto.
Porque al final, todo lo que necesitamos está alrededor nuestro. En Francia hay una gran riqueza de materias y de recursos si realmente nos detenemos a mirarlos.
Creo mucho en la idea de los circuitos cortos, en reflexionar sobre lo que tenemos cerca. Nuestros cuerpos están adaptados a un lugar concreto, y la naturaleza de ese lugar también nos responde. Entonces me pregunto: ¿por qué necesitamos productos que vienen de tan lejos?
Para mí, esa forma de consumo y de producción local es lo que realmente marca la diferencia. No es una teoría, es una práctica cotidiana, una manera de vivir y de trabajar.
¿Qué recomiendas leer o escuchar?
Olivia:
Recomiendo el pódcast Les pieds sur terre de France Culture.
En cuanto a la lectura, me resulta un poco difícil elegir porque leo mucho y me gusta una gran variedad de libros. También estudié antropología, lo que ha alimentado mucho mi forma de ver el mundo.
Me atraen especialmente los libros de aventuras, aquellos en los que las personas atraviesan transformaciones para poder avanzar en sus vidas, donde se enfrentan a sus propios dolores y los comprenden. También me interesan mucho los relatos sobre encuentros entre culturas diferentes, así como las biografías relacionadas con la migración.
Pero si tuviera que destacar dos libros en particular, serían: Croire aux fauves de Nastassja Martin y Les lois naturelles de l’enfant de Céline Alvarez.
En un mundo acelerado, la propuesta de Olivia no es una promesa de retorno idealizado, sino una invitación a mirar de nuevo lo cercano.
En su forma de hacer cosmética no hay una búsqueda de exceso, sino de coherencia. De volver a lo esencial: a la materia, a las manos, al territorio que la rodea y a los ritmos que lo sostienen. Cada decisión, lo que se incluye y lo que se deja fuera, responde a esa misma lógica.
Su historia no es la de una marca, sino la de un oficio que se construye día a día entre la tierra y el cuerpo, entre la memoria familiar y una forma de vida elegida con conciencia. Una práctica donde producir, en realidad, es también una manera de habitar el mundo.
Fuera del taller, otras referencias la acompañan: lecturas, voces y relatos que amplían su mirada y conectan su experiencia con historias más amplias de transformación, naturaleza y vínculo con lo vivo.
Quizás ahí se encuentre lo esencial de su recorrido: en la idea de que lo cotidiano también puede ser una forma de compromiso.
Y que, a veces, volver a lo cercano no es un gesto hacia atrás, sino una manera de avanzar con más claridad.
Instagram: @zitouncosmetique


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